divendres, 30 de març de 2012

Magnificat (i II)

Final de trajecte d'aquest petit tast de "La velocidad de las piedras". M'escolto llegint aquest poema i inevitablement em ve al cap "Divinazione moderna" de l'impressionant "Napoli's Walls" de Louis Sclavis, i les acuarel·les d'en Jorge, i les pintures de les parets de Nàpols...


NAPOLI

Tú no paseabas conmigo por el Lungomare,
pero te hubiera gustado dibujar
con los ojos la silueta del Castillo dell’Ovo,
pintar de ultramar y cobalto (cielo y mar)
y con fondo de tinta china
intuir a las personas, a modo de paisaje.
Las personas somos la calle en esta ciudad,
y la calle la palabra y el color la mar.
Parece que aquí inventaron el exilio
y el portal, y aunque no te recuerdo conmigo,
me hubiera apetecido mostrarte
el cielo de amarillo envejecido,
de naranja tostado, de rojo crema,
de azul eléctrico de las azoteas de Montedidio.
Aquí todo apunta a la misericordia.
Cualquier esquina es buena para un altar.
Cualquier ventana es buena
para anunciar la miseria sin velo.
Luego, tú no bajaste a pasear por Via Toledo
desde la Certesa de San Martino,
pero supiste enseguida que la velocidad en Nápoles
no la ponen las piedras, sino la muerte inminente,
la sangre licuada de san Genaro,
la historia de Europa.
La ciudad invisible lo sabe,
la que se esconde en el vientre
del asfalto, en la entraña de la vida.
Y aunque no te recuerdo,
puede que no seamos más
que ropa tendida que balancea
en el Spaccanapoli.
Un pentagrama colgado
con las corcheas que bailan
el aire libre que sube del mar;
la verdad de tu ropa y la mía
en un bamboleo que nos sirve (hoy)
para afinar la vida.



Jorge Brotons
La velocidad de las piedras
(Inèdit).