dissabte, 7 de juny de 2008

Where Haruki Murakami comes together with Raymond Carver

Confio plenament en aquesta mena de superstició segons la qual són els llibres que vénen a tu i no a l'inrevés. Així em va passar amb "Norwegian Wood" de Haruki Murakami (Tusquets), que aquí a l'edició de Tusquets es va traduïr com "Tokio Blues (Norwegian Wood)". És una història iniciàtica explicada amb una gran sensibilitat.

Només he llegit aquest llibre de Haruki Murakami, però d'ençà que li tinc un afecte especial. Per això em va sobtar molt trobar un poema del meu estimadíssim Raymond Carver dedicat a ell. I és que resulta que Murakami és el traductor de Carver al Japonès.

El poema de Carver, que transcric, és una delícia i un prodigi narratiu.



EL PROYECTIL

A Haruki Murakami

Tomábamos té. Especulábamos educadamente
sobre las posibilidades de éxito
de mis libros en tu país. Pasamos

a hablar del dolor y de la humillación

que encuentras una y otra vez

en mis relatos. Y ese elemento

de pura suerte. Cómo se traduce todo eso

en términos de ventas.



Miré hacia una esquina de la habitación

y por un momento tuve de nuevo 16 años,

dando tumbos por la nieve

en un Dodge Sedán del 50 con cinco o seis

colegas. Enseñándoles el índice

a otros tíos, que gritaban y bombardeaban

el coche con bolas de nieve, gravilla y ramas

viejas. Dimos la vuelta acelerando a tope, gritando.

Y pensábamos dejado ahí.

Pero mi ventanilla estaba bajada diez centímetros.

Sólo diez centímetros. Les ladré

la última obscenidad. Y vi a aquel tipo preparado para lanzar.



Desde esta perspectiva,

hoy, imagino que la veo venir. Que la veo

acelerando por el aire mientras la miro,

como aquellos soldados de principios

de siglo veían nubes de metralla

volar hacia ellos,

petrificados, incapaces de moverse,

fascinados por el pánico.

Pero no la vi. Ya me había dado la vuelta

para reírme con mis colegas

cuando algo me golpeó de perfil,

tan fuerte que me rompió el tímpano y cayó

en mi regazo, intacto. Una bola de hielo y nieve

bien presionada. El dolor fue inmenso.

Y la humillación.

Fue horrible cuando empecé a llorar

ante aquellos tipos duros que

me decían a voces, Mala suerte. Algo insólito.

¡Una de un millón!



El tío que la lanzó tenía que estar encantado

y orgulloso de sí mismo mientras le aclamaban

dándole palmadas en la espalda.

Debe de haberse secado las manos en los pantalones.

Seguro que anduvo un rato más por ahí

antes de ir a cenar a casa. Creció,

tuvo su ración de reveses y se perdió

en su propia vida, como yo en la mía.

Nunca volvió a pensar

en aquella tarde. ¿Por qué iba a hacerla?

Siempre hay demasiadas cosas en que pensar.

¿Por qué se iba a acordar de aquel estúpido coche que, patinando

calle abajo, giró en la esquina

y desapareció?


Levantamos educadamente las tazas en la habitación.

Una habitación en la que durante un instante hubo algo

más.


Raymond Carver
Todos nosotros
Bartleby.
Madrid, 2006

Traducció de Jaime Priede.


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Dolços somnis.
Foto: Carver per Bob Adelman